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El que vive debe vivir PDF Imprimir E-Mail
martes, 09 de junio de 2009
"Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego."
Mahatma Gandhi



Leonel Del Prado, Licenciado en Trabajo Social (UNER). Especialista en “Abordaje Integral de Problemáticas Sociales en el ámbito Comunitario” (Universidad Nacional de Lanús). Becario del Conicet. Instituto de Investigaciones Gino Germani - UBA.


Susana Giménez elevó su voz: “El que mata tiene que morir, y basta de los derechos humanos y esas estupideces”. Después se sumó Marcelo Tinelli: “Si me mataran a un ser querido también pediría la pena de muerte; yo también estoy cansado de los derechos humanos de los presos”. Otros no esperaron y salieron a expresar las mismas ideas: Sandro, Cacho Castaña, Gerardo Sofovich, Guillermo Cóppola, Moria Casán, Luis Alberto Spinetta, y un sinnúmero de “famosos” desconocidos.
Nos encontramos ante un vendaval de pedidos, por parte de caras famosas, de políticas de muerte y “mano dura”, servicio militar obligatorio, más años de cárcel, más policías, muros, rejas, seguridad privada y más rejas, que no son otra cosa que sembrar la semilla de la muerte al interior de nuestra sociedad.

LA DISCUSIÓN. Si bien entendemos que la discusión por la pena de muerte es como lo explicitó Alejandro Dolina —“Cómo discutir la esclavitud” (Página 12 - 22 de marzo de 2009)—, remarcamos que hoy la pena de muerte es inviable, en tanto y en cuanto se mantenga la actual Constitución Nacional y los pactos internacionales a los cuales ella adhiere, principalmente el Pacto de San José de Costa Rica (Artículo 75, Inciso 22).
Consideramos, a su vez, que ante esta demanda de “mano dura” es posible pensar algunas preguntas y ensayar algunas respuestas, dado que estos discursos no son sólo pedidos inocentes sino que encubren ideologías que intentan resolver los conflictos sociales mediante modos autoritarios.

LAS PREGUNTAS. ¿Por qué la inseguridad es un problema? ¿Qué dicen cuando hablan de inseguridad? ¿Qué entendemos por seguridad? ¿Cuáles son las políticas para lograr seguridad?
Para intentar responder al primer interrogante vamos a abordar, en primer lugar, qué es un problema.
Entendemos al problema como “la diferencia entre el estado actual y el estado ideal”. Un problema social no es algo natural que siempre existió y existirá por los siglos de los siglos; es una construcción histórica y social, en la cual una situación se impone como central en la discusión ciudadana y se buscan respuestas para su resolución. 
Hoy, gracias a la masividad y poder que han adquirido en los últimos años, quienes poseen una posición privilegiada para la construcción de problemas sociales son los medios de comunicación. Así, según el momento, se construyen como problemas fundamentales diferentes situaciones que se constituyen en foco de atención: Botnia, el Indec, el conflicto del campo, la efedrina, la crisis económica y, claro, la inseguridad. Estos captan la atención del público y relegan otras preocupaciones.
Hoy el problema es la inseguridad que afecta directamente a las “estrellas” o a las clases acomodadas de la Capital Federal, y no otros problemas, como el hambre, la desocupación, el analfabetismo, la desigualdad en las relaciones de género, la violencia familiar, la trata de personas, el genocidio encubierto a los pueblos originarios, la contaminación, el abuso de poder por parte de las autoridades.
Hay que ver en qué términos la inseguridad sí constituye un problema, ver estadísticas, investigaciones y pensar en conjunto acciones, porque consideramos que tampoco es una solución la negación de la misma —como han expresado funcionarios nacionales—, y la justificación de que en otros países la problemática es más profunda.

LA SEGURIDAD. Al hablar de la seguridad se hace un recorte intencional, no casual, en el que se remite sólo a la seguridad de bienes y de la vida individual en contextos de delitos, cuando, en realidad, el concepto es mucho más amplio y constituye desde el derecho a la vida a todas las situaciones que hacen que ella pueda permanecer: educación, salud, trabajo, etc.
Podemos ensayar que aquel recorte se realiza en función de una entronización de la “propiedad privada”. Quienes más reclaman son los privilegiados de la sociedad.
Para complejizar el tema, sostenemos que existen, según Binder, dos dimensiones de la inseguridad: “La inseguridad objetiva: hechos de violencia, robos, secuestros... todos éstos se pueden medir y estudiar sobre la base de datos objetivos, tanto de los fenómenos ocurridos como de las respuestas institucionales a cada uno de ellos...” y la “inseguridad subjetiva o sensación de inseguridad: el temor, la incertidumbre, el miedo al otro o el sentimiento de fragilidad que producen tanto los hechos reales como otros múltiples factores difíciles de mensurar” (2).
Mal que les pese a muchos políticos y personajes de la farándula, la pena de muerte, la baja de la edad de punibilidad de los menores, la construcción de muros y todo el conjunto de medidas represivas, no nos llevan a nada. Por el contrario, se convierten en un círculo vicioso que genera más violencia, dado que aquellas medidas sólo maquillan el problema y no atacan el origen del mismo.

¿POR QUÉ HAY INSEGURIDAD? Es la pregunta que ninguno de estos sectores que claman “mano dura” se atreve a realizar, porque ellos consideran, por lo bajo, que la inseguridad es fruto del ¿mal en el mundo? ¿del demonio? ¿de la gente mala? ¿de los pobres?
Recordemos a Edelman quien establece que “cualquier explicación acerca del origen de un problema también rechaza de modo implícito otros orígenes alternativos” (3). En este sentido, nos parece relevante remarcar que la inseguridad no se produce por mayor pobreza, o porque los “delincuentes entran por una puerta y salen por la otra”. El grueso de la inseguridad es producido por organizaciones y redes delictivas, conformadas por grupos de policías, jueces, políticos, narcotraficantes, etc., quienes poseen los recursos suficientes para llevar adelante las acciones.
La perspectiva de echar la culpa a los pobres o los más desfavorecidos de la sociedad es, en rigor, un chivo expiatorio que desvía el problema y consolida prácticas de estigmatización y discriminación.

RESPUESTAS Y PEDIDOS. A pocos meses del Bicentenario, esperamos llegar a 2010 con una sociedad más justa, y no asesina. 
Hay que parar la destrucción de nuestra población y nuestra tierra con políticas de corto, mediano y largo plazo. Pero esto se hace en conjunto, sobre la base de investigaciones y estadísticas confiables, y no según opiniones de divas.
Como ciudadanos debemos pensar en constituir una sociedad habitable para todos, en la cual no escondamos los problemas debajo de la alfombra: asesinando con pena de muerte, metiendo presos a niños, ni deteniendo a “sospechosos” por su condición socioeconómica.
Debemos generar un conjunto de mecanismos en los cuales la sociedad, primero y antes que nada, luche por la seguridad en sentido amplio; es decir, que todos y cada uno de los miembros de la misma puedan poseer educación, techo, comida y trabajo, aunque la lista de derechos es más larga.
Políticas para intentar construir una sociedad menos conflictiva, una sociedad en la que la riqueza que se produce socialmente sea repartida de manera equitativa, y no sociedades polarizadas al extremo en donde la gente deba enjaularse casas.
Años nos ha costado como sociedad valorar la vida de nuestro prójimo, nuestros vecinos, nuestros conciudadanos. Por ello, ante el pedido de la reina de los teléfonos (“el que mata debe morir”) y un montón de otros personajes anónimos, decimos no, y reafirmamos el derecho a la vida. El que vive debe vivir, más y mejor.

Citas
(1) Bitar, Miguel Anselmo, La constitución de la agenda y el ciclo de las políticas públicas.
(2) Binder, Alberto, Policías y Ladrones. La inseguridad en cuestión. Capital Intelectual, Buenos Aires, 1991.
(3) Edelman, Murray, La construcción del espectáculo político. Manantial, Buenos Aires, 1991.

Fuente: http://www.eldiariodeparana.com.ar/textocomp.asp?id=169453
 
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